Insomnio y Ansiedad

Aquella fue quizás una de las semanas más largas de mi existencia. El viernes se demoraba entre el insomnio y la ansiedad generada por aquél encuentro para nada improvisado.

Insomnio y ansiedad, una pareja inquietante hasta el mareo y las náuseas consecuentes.

Ese cosquilleo insoportable e incesante continuó repicando en mi estómago durante todo el día tan esperado. En aquella compañía, era imposible pensar con claridad.

Arribé a la estación y tomé el primer colectivo que me llevaría a la latitud exacta en la cual debía estar. Donde el insomnio y la ansiedad lo tomaban a él como punto fijo y se descargaban por completo.

La espera era inaguantable y el tiempo no parecía pasar, regodeándose en mis sentimientos, no se apiadó de mí ni uno de sus efímeros segundos.

Vagué por las mismas calles plagadas de rostros sin significado durante una eternidad, hasta que el sol se fue atenuando y el frío se intensificó resecando mis pensamientos pero sin todavía poder aplacar mi ansiedad, mi sueño postergado.

Finalmente entre aquél tumulto amorfo lo divisé. Desprendía una luz especial y sólo para mí (¿por qué sólo para mí?). La pesadumbres que mi mirada llevaba hasta que lo encontró, se esfumó con cada paso que daba inconsciente y mecánicamente acercándome a él, mientras cruzaba la avenida Cabildo.

Él también me vio. En aquella mirada percibí lo mismo: insomnio y ansiedad descargados por completo.

Dos insomnios y dos ansiedades quedaban atrás.

En mi mente aquél momento se había reproducido infinitas veces y de mil maneras distintas, pero jamás como se estaba dando, jamás lo pensé tan perfecto.

Bastó escucharlo decirme: “Hola” y sentir su mejilla rozando la mía para que me quede estática y sin palabras. No podía quedarme sin palabras para responder un simple “hola”. La perfección se me estaba yendo por la borda.

Había procurado calcular mi reacción ante cualquier evento, menos al hecho del efecto que su simple presencia causaba en mis sentidos, entumeciéndolos por completo.

Creo que no pasó más de una fracción de segundo en la que pensé todo aquello, que pude corresponderle el saludo, pero fue tan bajo mi tono de voz que no recuerdo si realmente lo dije o fue que solamente lo pensé.

No viene al caso, su sonrisa volvió a cautivarme y de pronto me encontraba caminando entre aquellos insignificantes junto a él, una luna en órbita con su planeta, fascinada. Debe haber sido un espectáculo digno de ver.

Caminamos varias cuadras entre el tumulto, doblamos una vez a la izquierda y otra más hacia la derecha, cada vez había menos gente y menos edificios alrededor. El frío que había sentido, parecía haber quedado atrás, aunque eso seguro fue solo sensación mía.

Llegamos a una plaza y solo allí detuvimos la marcha para sentarnos en uno de los bancos libres. Uno al lado del otro, y mis ojos tratando de no perder ni un solo detalle de su belleza, por si las dudas.

Mentalmente tomé nota de su piel, blanca y lisa, su pelo, alborotado por el viento, sus ojos, ocultos tras esas hermosas y espesas pestañas, del color del cielo; su boca, con aquella mueca torcida que pretendía ser una sonrisa y se había transformado ya tiempo atrás en mi gesto favorito; sus manos, suaves, pero algo frías, sus brazos fuertes…

Todo, absolutamente todo quedó registrado en mi agenda mental, aunque debo admitir que el recuerdo no le hace justicia ni a la mitad de lo hermoso que resultaba a mi mirada, a mi ser. ¡Mi pobre ser aletargado! El suyo se había llevado más de la mitad de mi vida consigo al partir.

Estar con él lo transformaba todo, ni el banco era tan incómodo, ni la plaza estaba sucia, la gente ya no me parecía un tumulto insignificante y el frío no me molestaba. Todo lo ocupaba él. Todo.

Sí, las proezas del amor… Ocurren de vez en cuando.

Suavemente tomó mi brazo con sus manos y lo apretó junto a su pecho. Repetía mi nombre una y otra vez, mientras yo lo miraba alucinada.

-Lu, Lu… ¡Lu! No sabés lo que esperé este momento, éste encuentro, lo anhelé con el alma. Necesitaba adelantarlo de alguna manera, pero me era imposible. Me debatí una y otra vez ante la penosa y horrible idea de que te arrepintieras y no vinieras nunca. Decime la verdad… ¿pensaste en no venir?

-No, nunca. La semana se me hizo interminable, no pegué un ojo ninguna de éstas noches, y aún así, soñé despierta con éste encuentro.

-¿Entonces por qué no decís nada? Me asusta.

-No sé. Es tu presencia, cuando estoy con vos no necesito nada más, te contemplaría toda la vida y no me movería de tu lado nunca. No soy fuerte para estar lejos tuyo como lo creí. Y por más que lo sea, siempre vas a estar ahí, entre mi insomnio y mi ansiedad. Infinitamente va a ser así.

No sé si fueron mis palabras que lo dejaron pasmado, pero ahora el que no decía una sola frase, era él. Aún así seguía sosteniendo mi brazo, pero yo me aferré a él fuertemente y lo abracé, el perfume de su piel llenaba mi mente y de nuevo no podía pensar. Estaba absorta en su presencia.

Ése era uno de esos momentos del lenguaje mudo de los amantes. No es necesario hablar para expresar. En ese instante mis pensamientos quedaron tan expuestos como los suyos, en la misma línea horizontal, pero sin siquiera haber sido traducidos en palabras audibles.

-Todavía no logro entender por qué huiste de mi todo este tiempo, siendo que tanto nos necesitamos. Por qué nunca decías nada, por qué dejaste que me fuera lejos por tanto tiempo… Y aún así, te siento como el primer día, no puedo creer que siga todo igual y que solo con haberte visto, la ansiedad y el insomnio de estos cinco años se esfumaran y todo sencillamente, cobrara sentido. Vos. Vos. Sólo vos para mí. El resto es lejano ya.

-No sé, realmente no sé. Hoy me arrepiento terriblemente de haber perdido cinco años de tu presencia. Cuando te fuiste, era una nena que no tenía ni la mitad de sus prioridades establecidas, me faltaba un golpe de horno… Pero desde momento en el que pusiste un pie en ese avión, empezó mi enfermedad. Mi doble vida. Por un lado, era la chica de las banalidades y frivolidades, que iba a donde había fiestas, risas ajenas, amigos y despreocupaciones, que estudiaba para acercarse a su objetivo, que sonreía, agradecía y pedía disculpas; pero por el otro, cuando llegaba a mi casa y me encontraba despojada de toda superficialidad, pensaba en vos, en lo distinta que hubiese sido mi vida… Entonces se me abría un hueco en el medio del pecho, partiéndome en dos, ahí comenzaban el llanto y los sollozos, no los podía calmar con nada. Despertaba a la mañana siguiente perdida de sentido y continuaba con la vida de las frivolidades. Y así viví, rompiéndome en pedazos por las noches y tratando de armarme durante el día. Tejía y destejía a mí ser. Una Penélope cualquiera…

Con cada una de mis palabras, quedé expuesta y lloré a la espera de que ese vació se abriera nuevamente, pero eso no pasó, él me sostuvo cerca suyo. Nada, no pasó nada. Secó mis lágrimas con una de sus manos y retomó la conversación.

-Yo viví algo parecido a lo que pasaste, con la diferencia de que no estaba solo nunca. Vivía con el resto del grupo con el que compartía las guardias. Rara vez me quedaba solo y evitaba que así fuera, porque me deshacía en pedazos. Pensé que no iba a durar tanto, que después de un tiempo, el dolor iba a pasar, como cualquier otra sensación, pero no fue así. Ni un solo día desapareció, me acompañó hasta hoy, que ya lo veo todo tan claro. Una especie de Ulises que naufragó isla tras isla hasta que regresó a Ítaca junto con lo que más adora en el mundo.

-¿Algún descubrimiento interesante en tu viaje?- le pregunté irónicamente.

-¿Aparte de que lejos tuyo no puedo vivir nunca más? Sí, que las guardias sin dormir son insufribles, adquirí mucha experiencia y crecí profesionalmente… Pero eso no se compara con esto. ¿Qué sentís ahora?- preguntó reposando su mentón en la cúspide de mi cabeza.

-Siento que estando con vos soy la que quiero ser, ni la vacía, ni la superficial; soy Lu; tu Lu.- me apartó de su pecho tomándome por ambos brazos y me miró bien de cerca.

-Te miro y es como si los años no hubiesen pasado. El tiempo desaparece en tu mirada. Ni yo tengo 32, ni vos 24; tenés 19 y yo 27 de nuevo… Sos esa chica de la cual no me quiero perder una sola mirada, una sonrisa, el rojo de tus mejillas, tu perfume, el movimiento de tu pelo, nada.

-Pero el tiempo pasó. Vos y yo algo debemos de haber cambiado.

-Los cambios superficiales y lógicos por el paso del tiempo no opacaron mi alma, ni lo que siempre sentí por vos- con aquellas palabras, mi corazón se desbocó y perdió el ritmo de su melodía, acelerándola y pude sentir la sangre golpeando en cada parte de mi cuerpo… Hacía tanto tiempo que no me sentía viva ya, que no recordaba toda aquella ansiedad tan distinta a la que me había acostumbrado a sentir todo el tiempo y se había intensificado la semana anterior al encuentro- ¿todavía lo dudas?

-No, no lo dudo. Como tampoco nunca dudé que lo que siento por vos es lo único genuino y verdadero. Mateo: te amo.

-Yo te amo Lucía. Nunca más permitas que me vaya de tu lado. Sos todo, no necesito nada más. Esto lo supe desde aquél día que nos conocimos y te saludé mientras me ponía mi abrigo, ¿te acordás?

-¡Cómo no recordar! Tu perfume y tu mirada me aturdieron por primera vez. En Rosario fue…

-Sí, Rosario, punto predilecto para varias de nuestras escapadas- se quedó en silencio recordando.

-¿Qué nos pasó?

-No sé, pero desde que nos reencontramos no importa. ¿Me das una segunda oportunidad? ¿Qué pasa? ¿Tenés miedo de mí?

-No, lo único que temo es perderte de nuevo.

-Pero sabés que no va a ser así.

Esbozó mi mueca preferida y en un impulso magnético e irrefrenable que me acercó deliberadamente a él, lo besé.

¡Qué hermoso beso! No quería que acabe jamás. Lo había necesitado todo ese tiempo y fui una tonta para negarlo. Siempre ansiedad e insomnio se curaron con él. ¿Cuánto tiempo puede estar una persona soportando el peso de haber tomado una decisión equivocada? ¿Cuánto puede sobrevivir uno, sin la compañía de su alma gemela, una vez que la encontró? Cinco años, es lo que nos llevó a nosotros dos. Cinco años que se fueron con ese beso y desaparecieron cual barcos hundiéndose en el océano. Mis manos acariciaron su cabello revuelto y las de él se amarraron a mi cintura.

Siempre habíamos sido dos piezas de encaje perfecto, creadas únicamente la una para la otra. Cuando estábamos juntos, todo cuadraba agraciadamente en su lugar. Que tontos fuimos al imaginar que luego de ese descubrimiento tan revelador, separados íbamos a poder funcionar. Lo nuestro iba más allá, estábamos unidos por lazos invisibles e infinitos, tratar de romperlos sólo derivaba en desgracias camufladas de trampas hermosas. Romperlos, no tenía sentido, era desgarrarnos a nosotros mismos, mutilar nuestras almas.

Extendimos el beso lo más que pudimos y luego dijo:

-Al menos, a vos se te dio mejor que a mí.

-¿Qué cosa?

-Sobrevivir. Tenías una doble vida que llevabas con dignidad a pesar de todo. Yo… En cambio era un muerto en vida, no soy tan bueno para el trabajo de campo como creí, todo era una excusa para mantener, en vano, la mente ocupada…

-Por lo menos lo intentaste.

-Hice lo que pude.

-Tengo frío Teo.

-Vamos que te llevo a casa.

-¿Y dónde es eso? Hace tanto que no voy a casa.

-Casa es conmigo, en cualquier lugar. Pero lo más conveniente es que nos pongamos al refugio del viento porque está empezando a helar.

-Vamos a mi departamento- le dije y emprendimos el camino de regreso, por aquel Buenos Aires que en su compañía era más cálido y menos voraz.

Cuando llegamos a la puerta de mi departamento lo abracé bien fuerte, sentía que así no lo iba a perder nunca más.

-No me dejes más. Quiero que estés siempre conmigo.

-Prometo estar a tu lado cada mañana al despertar.

-Por ahora es suficiente- le dije y esbocé una sonrisa que se transformó en risa, la primera que genuina y sinceramente había tenido en cinco años.

Lo miré a los ojos y supe que cada palabra era cierta.

De ahora en más y para toda la vida, él iba a estar ahí: infinitamente entre mi insomnio y mi ansiedad, y yo, entre los de él.

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