Tiempo, lo que no tenemos…

Abril se encontraba impaciente, miraba el reloj enorme que se encontraba suspendido desde lo alto del techo de la Estación de Trenes de Retiro. Eran las cinco menos cuarto, lo que indicaba que su tren estaba quince minutos atrasado. Nadie daba explicaciones o motivos: “Lo siento Señorita, el tren ya debe estar por llegar… Éstos contratiempos suelen ocurrir.” Sí, ella ya lo tenía bien en claro, todos los días viajaba, pero justo hoy, ocho de julio de 2011, no podía retrasarse.

Se entretuvo contando las pecas de un niño que jugaba frente a ella y sonreía, el tren estaba arribando a la Estación y todos estaban aliviados, Abril más que nada.

Se sienta en el último asiento del último vagón, hacía frío por aquellas épocas y el viaje era largo, sacó de su cartera un cuaderno en el que usualmente se expresaba y se dispuso a escribir.

-Disculpá, ¿Está ocupado?- un joven señalaba el asiento libre cerca de Abril, quien observa que el vagón estaba lleno y le contesta:

-No, sentate tranquilo- saca su bolso del asiento liberándolo y en aquél momento se le cae el cuaderno. El desconocido lo tomo y lo sostiene por unos segundos, ella lo mira extrañada.

– “Sé que podré lograrlo, si tan solo alguien me llevara a casa”- recita el muchacho y hace que Abril se sonroje.

– Es personal – dice ella avergonzada, tomando el cuaderno de las manos del joven.

– Disculpame… No fue mi intención, es que es justo así como me siento- decía sin mirarla.

-No, no te hagas drama- contestó ella sin mirarlo e impactada por el hecho de que un desconocido se sintiera identificado con las cosas que ella escribía.

-Me llamo Lisandro- se presentó clavándole la mirada. Ella lo mira y antes de decir nada piensa; “El viaje es largo y parece que tiene ganas de hablar”.

-Yo me llamo Abril

-Me encanta ese nombre

-Gracias… A mí siempre me gustó el tuyo.

-¿Así que escribís?

-Sólo como pasatiempo, te ayuda a limpiar el alma, aclarar los sentimientos, es una mini terapia – y Abril al decir aquello, ríe.

-Es hermoso lo que escribís.

-No mientas, sólo leíste un par de palabras.

-Suficientes para haberme encantado. En esa frase encapsulaste mis sentimientos. Tenés un don, ¿sabías?- Lisandro era un chico bastante sincero, que se sentía solo, únicamente podía ver el bien de las personas, quedaban pocos como él en esas épocas y Abril percibió algo en su mirada,

-No es para exagerar, sólo lo escribo lo que siento.

-Entonces Abril, vos te sentís como yo.

-No creo… -“nadie puede sentirse más sola que yo en éste planeta”, pensaba ella.

-Dejame terminar de leer, sólo eso por favor.-Abril meditó unos instantes, pero luego le cedió su cuaderno, “mi corazón en manos de un extraño, peligroso y encantador a la vez”, pensaba ahora.

El escrito decía algo así:

“Sé que podré lograrlo,

Si tan sólo alguien me llevara a casa,

Prendiera la luz y me mostrara el camino.

Nunca nadie tuvo un sueño verdadero cerca de mí,

Ya no me importa,

Si amar fue toda una vida en vano,

¿Qué es lo que queda?

¿Viste alguna vez la luz?

Necesito las respuestas,

A mis interrogantes todo el tiempo.

Y siempre estoy asustada,

Y siempre tengo miedo.

¡Si sólo pudieras llevarme a casa!

¿Y eso dónde queda?

Ya nada es como era,

No estás y la soledad me rodea.

No puedo sola con éste corazón,

Que lleno de sentimientos no puede limitarse a latir.

Necesito ver la luz.

Que alguien sueñe a mis alrededores,

Y disipe la soledad, la oscuridad.

El corazón se rompió,

No hay nada más para malgastar…

Sólo retumban en mi mente sus falsas palabras

Y la idea de que alguien me lleve a casa,

Para finalmente poderlo lograr,

Y vencer la tristeza,

La inmensa soledad”.

-¿Y…? ¿Ya te desencantaste de mí?- preguntó ella.

-No, al contrario. Quisiera conocerte más-Lisandro se encontraba inclinado de costado mirando hacia la dirección de Abril, que aunque le devolvía la mirada, guardaba silencio. – Perdoname, debés pensar que soy un pesado de aquellos… Pero usualmente no soy así.

-¿Ah… No? ¿Y cómo sos entonces?

-Nunca soy yo. Tengo que pretender ser otra persona para mantener a todos contentos – la mirada de Lisandro se entristeció.

-Todos menos vos, pareciera… – agrega Abril, que ya estaba empezando a agradarle aquella conversación.

Lisandro tenía 24 años, era alto, llegaba al metro ochenta y cinco; llevaba el pelo castaño oscuro algo revuelto por el viento y unos ojos marrones bien profundos, hermosos cuando se sonreía al hablar, era de la contextura física de un deportista, a pesar de no serlo. Robusto, todo en él le daba a Abril sensación de seguridad, protección.

Abril por su parte acababa de cumplir los 20 años hacía tres meses atrás, era de tés blanca y una boca bien rozagante, siempre expectante, llevaba el pelo largo hasta por la cintura, suelto y lacio, castaño claro, que brillaba igual en contraste con la oscuridad que se aproximaba por la ventana. Sus ojos eran marrones claros, semejantes a la miel y llevaba las uñas largas, pintadas de un rojo estridente. Medía un metro setenta y cinco, era una chica normal, ni modelo, ni campeona de fitness femenino, podría decirse que tenía todo bello y esbeltamente en su lugar, por más que ella no se percatara de eso nunca.

Ambos viajaban en el mismo tren hacia el mismo destino: Rosario, Santa Fe. Abril iría a quedarse unos días en la casa de una de sus mejores amigas: Florencia. Lisandro en cambio, iba a visitar a sus abuelos, que hacía cuatro años no veía.

-¿Por qué tanto tiempo sin ver a tus abuelos? – quería saber Abril.

-Estuve afuera, en Francia. Fui a probar suerte y después se me complicó para volverme, hasta la semana pasada, estoy recién llegado.

-Wow, bienvenido entonces… Debe ser raro para vos.

-No te creas… No te das una idea de lo que extrañaba estar acá.

-Sí, fue mucho tiempo. Yo en una semana estoy viajando a Nueva Zelanda.

-Mirá vos… ¿Mundial de Rugby?

-No, intercambio estudiantil. Pero me viene al pelo porque me encanta el rugby.

-Ahora soy yo el que dice: Wow. – ambos rieron, se la pasaron hablando todas las horas que duró el viaje, hasta que Abril se quedó dormida

-Abril… Despertate, estamos llegando a la Estación. – dice Lisandro tocándole el hombro. Ella había caído dormida sobre el pecho de él, al darse cuenta, se corre rápidamente y se sonroja.

-Perdón. – es lo único que pudo decir. Él sonrió.

Al frenarse la locomotora, Lisandro ayudo a Abril a sostener su bolso mientras ella se ponía la bufanda correctamente.

En uno de los asientos de la Estación santafesina, Abril logró divisar a su amiga, tenía una cara de dormida que la delataba y en todo su derecho, eran cerca de las cuatro de la madrugada.

-Ahí está mi amiga – le dice Abril a su acompañante de viaje – ¿te vinieron a recibir a vos?

-No, me voy derecho para lo de mis abuelos, es toda una sorpresa- mientras decía esto, acompañaba a la muchacha que caminaba al encuentro de Florencia.

-¡Amiga! ¿Cómo estás?- grita Abril abrazando a la chica.

-¡Con frío! Vamos así tomamos unos mates calentitos y… – antes de terminar la frase, repara en la presencia de Lisandro- Disculpame Api – así llamaban a Abril – ¡No me di cuenta de que tenías compañía!

-¿Qué? ¡Ah! Sí, él es Lisandro, nos conocimos recién en el tren. Hablamos bastante. – tras esa introducción, Lisandro saluda a Florencia con un beso en la mejilla; “qué bombón”, pensaba la mujer.

-Bueno, Abril, yo voy yendo, antes de que sea más tarde. Tomá tu bolso.

-Uy sí, disculpá. – dice Abril reteniendo las palabras en su mente. Florencia se corre a un costado fingiendo una llamada telefónica casi imposible a las cuatro de la madrugada y los deja solos.

-¿Te puedo volver a ver?- suelta él haciendo esa mirada que Abril le había descubierto y le hacía evitar mirarlo fijamente a los ojos.

-Sí, claro. – contesta ella con una amplia sonrisa y ambos intercambian sus números telefónicos y direcciones de correo electrónico – buena suerte… Hasta luego – dice ella finalmente y le da un beso en la mejilla, se aleja de él y camina con su amiga hacia el auto de la misma, volteó una sola vez a observar a Lisandro y se chocó de lleno con sus ojos que todavía la seguían contemplando.

– Api, es hermoso ese chico, ¡por Dios!- Florencia manejaba hasta su casa en el centro de la ciudad, a pesar de ser miércoles, andaba mucha gente en los bares que se encontraban abiertos.

-¡Flor! Sí, que se yo… es lindo. Igual, no empieces a armarme castillos en el aire. Lo acabo de conocer.

-Vos y tu lenguaje de artista… ¡Yegua! ¡En unos días te me vas a New Zeland!-exclamó en voz alta Florencia, lo que fue suficiente para cambiar el tema, restándole importancia a Lisandro.

Al llegar al departamento en el que Florencia vivía sola, deja caer el bolso en uno de los sillones y se sienta en la mesa. Su amiga, le iba a preparar un café y ella aprovechó ese tiempo para darse una vuelta por el baño, hacía más de seis horas que se venía aguantando para hacer “lo primero”. “¿Habrá llegado bien Lisandro? Pensaba Abril a cada instante, no sabía que era lo que de él le había captado tanto la atención.

-Bueno abues… hora de despertase…- se dijo Lisandro a sí mismo mientras se encontraba a una cuadra de la casa de sus abuelos.

Al llegar, tocó timbre varia veces, pero nadie de salió a abrirle. Se colgó por las rejas… Pensó que por la hora que era sus abuelos pudieran no haber escuchado el timbre. O que quizás el mismo no funcionara. Cruzó el jardín delantero para llegar a la puerta de la casa.

-¡Abuela Magda! ¿Edgardo?- gritó Lisandro, pero no había caso, nadie abría la puerta, miró por las ventanas y no vio a nadie tampoco, comenzó a asustarse y temió por la vida de sus abuelos.

Volvió a salir de la casa del mismo modo en el que entró y se quedó sentado en la vereda por unos instantes. Allí no conocía a nadie, todos los que solía tratar habían fallecido hace años y su lugar lo ocupaba gente nueva.

Estaba solo, hacía frío y se encontraba tirado en la calle, cansado y desesperado. Tomó su celular del bolsillo y actuó como primero se le vino a la cabeza.

-Api, ¡Te suena el celu! – grita Florencia.

-Atendé por favor, ya estoy yendo.- ordena Abril desde el baño, terminando de lavarse las manos. Al salir, nota que su amiga seguía con el aparato en la mano, sin atender, lo toma y al ver quien llamaba, atiende de inmediato. “Lisandro Llamando”: Hola… Sí, todo bien. No, no dormía. ¿Pasó algo? No, quédate tranquilo, ahora le digo a Flor que me acompañe y te busco, vos quédate tranquilo. ¿Esa es la dirección? Listo, salgo para allá, esperame.

-¿Qué pasó Api?- dijo Flor, quien había presenciado la plática.

-Lisandro… Llegó a lo de sus abuelos y no hay nadie. Está sólo en la calle.

-Uy, pobre…

-Le dije que no había drama en que se quede acá por hoy… ¿No te jode?

-Para nada, que duerma conmigo inclusive si quiere…-bromeó Flor mientras se ponía la campera para volver a salir. Abril rió.

-Gracias amiga.

Lisandro se encontraba sentado al borde del cordón de la vereda cuando el auto de Florencia paró frente a él, que tomó su bolso y subió a la parte trasera. Estaba pálido, tenía los labios y las mejillas algo entumecidas por la helada de la noche.

-Perdón, pero no se me ocurrió otra cosa para hacer en ese momento, estoy solo de verdad en ésta ciudad.

-Hiciste lo correcto, no pidas perdón- contestó Abril.

-Sí Lisandro, quédate tranquilo. Ahora llegás, te das una ducha así te recomponés un poco.-agregó Florencia.

-Bueno, gracias chicas… No sé qué hubiese pasado si no te hubiera conocido hoy Abril…

-Quién sabe…-broméa la muchacha- Ahora no pienses más, cuando nos levantemos, te acompaño a averiguar qué pasó con tus abuelos, ¿Sí?- planeó Abril.

-Sí, me parece perfecto.- culminó Lisandro y pareció más calmo ante aquella idea.

Al llegar al departamento de Florencia, se reubicaron para descansar todos cómodamente. Las dos amigas le armaron a su invitado una especie de cama en uno de los sillones, mientras ellas, dormirían juntas en el cuarto de Flor. Eran entradas las cinco de la madrugada y Abril no podía conciliar el sueño. Decidió levantarse tras ponerse una bata, salió al balcón y prendió un cigarrillo. Se serenó tras la primera inhalación de aquél humo tóxico y miró hacia el cielo.

-Parece que no soy el único que no puede dormir.- irrumpe su momento de tranquilidad Lisandro. Estaba en short, remera y medias. Tan sólo de verlo tan desabrigado, le producía una sensación de frío inmenso.

-Debe ser el cambio de lugar…

-Sí, supongo…. ¿Me convidás uno?-agrega él haciendo alusión a los cigarrillos.

-¿Vos también fumás?-pregunta Abril y le extiende la mano con la cajuela y el encendedor.

-Se podría decir que sí… ¿Qué pensaste la primera vez que me viste?

-“Qué tipo…. ¿Cómo me va a leer el cuaderno sin permiso?-Se pausa y sonríe.- pero después me dije: Qué lindo que es…

– ¿Sabés que fue lo primero que pensé yo? Pensé… Wow, que hermosa que es, ojalá que esté sola- se pausa y agrega.- que de hecho… ¿estás sola no?

-¿A qué te referís con si “estoy sola”? El concepto es bastante amplio…

-¿No tenés novio?-preguntó Lisandro directamente.

-No, no tengo. Y vos tampoco tenés.

-¿Cómo sabés?

-No me hubieses llamado si así hubiese sido. Además acabás de llegar al país y te sentís solo. Esas cualidades no encajan con el perfil de un chico comprometido.

-No, es verdad. No tengo novia. Cada segundo, cada palabra que decís… Me sorprendés más.

-Bueno, parece que me quedé sin palabras. Es mejor que me vaya a dormir.- dijo Abril, apagando su cigarrillo y dirigiéndose al ventanal para ingresar al departamento.

-Esperá- le dijo él reteniéndola con su mano, tomándola del brazo. Abril cierra los ojos en señal de cansancio y gira la cabeza para mirarlo.

-¿Qué pasa Lisandro?- no terminó de decir aquella frase que se encontraba siendo atraída por los brazos de él a su pecho y esos enormes y profundos ojos la observaban bien de frente.

Lisandro intentó besarla y ella no se opuso, por nos segundos le agradó la idea, pero repentinamente se desprendió de él, se notaba confundida.

-Perdón… Es que…-comenzó Lisandro, pero ella lo cayó con un solo gesto.

-Buenas noches- le dijo y se alejó. Se fue a acostar, por su parte Lisandro, se quedó unos instantes más en el balcón. Pensando en aquél momento, en aquél beso. Meditando en aquél impulso que lo había motivado.

Al despertar, Abril preparó el desayuno para todos, era bastante tarde ya, pero no venía al caso. Entre ella y Lisandro había una energía diferente. Florencia pudo percibirla casi de inmediato, en cierta forma le agradaba, deseaba que su amiga encontrara a alguien, al “príncipe” de sus cuentos, y si era un chico como Lisandro, mejor aún.

-Bueno Api, me parece que lo mejor va a ser que acompañes a Lisandro a ver qué pasó con sus abuelos cuanto antes. Yo les presto el auto, total vos te manejás bien acá.

-Sí, tenés razón. ¿Pero vos no venís?-Pregunta Abril.

-No Api, voy a aprovechar para ir a lo de mi mamá, ayer me pidió que la ayude a pintar un cuarto, así que lo hago hoy y después ya nos quedan los días libres.

-Bueno Flor. Gracias. ¿Vamos?-dice Abril dirigiendo la pregunta a Lisandro.

-Sí, cuando quieras Abril…

Una vez en el auto, decidieron que lo mejor para empezar, era ir hasta la casa de los abuelos. Así hicieron. Al llegar encontraron el portón principal abierto, por lo que Lisandro ingresó y golpeó la puerta. Abril esperó dentro del auto.

-¡Abuelo! ¡Qué alegría!-gritó el joven al ver que era su abuelo quién le abría la puerta.

-Lisandro ¡querido!- dice Edgardo lleno de júbilo al ver a su nieto.- ¡Qué agradable sorpresa! ¡Magda!- grita hacia el interior de la casa.- ¡mirá quién acaba de llegar vieja!

De adentro se oye un grito y la abuela se aproxima.

-¡Querido! ¿Por qué no pasás?- pregunta Magda.

-Esperame un segundito abue. Estoy con una amiga- dice el muchacho señalando el auto.

-Invitala a pasar, justo estaba haciendo unas tortas fritas para los mates- dice Magda. Motivo suficiente para que Lisandro corriera al auto a buscar a Abril.

-¡Qué felicidad que los hayas encontrado nene!- dice ella apoyada sobre el volante, en ese instante Lisandro abre la puerta del acompañante y se sienta un instante.

-Quieren que pasemos a tomar unos mates con ellos.

-No, no sé… No me parece lo correcto… Vos tenés que reencontrarte con ellos.

-Dale Abril, no me hagas rogarte. Después de todo, vos me ayudaste.

-Bueno, está bien. Cierro el auto y voy.

-Gracias hermosa.- dijo Lisandro mirándola de lleno a los ojos.

-¿Perdón?- reaccionó Abril ante la palabra “hermosa”.

-Nada… nada. ¿Vamos?- culmina Lisandro y Abril caminó a su lado hasta dentro de la casa, se presentó ante los abuelos de él y se dispusieron a tomar aquellos mates.

-¿Estaban acá anoche? Porque yo vine para darles la sorpresa de que había vuelto, pero nadie me abrió la puerta, me asusté, pensé que les había pasado algo…- dice Lisandro.

-¿Qué? ¿No te dijo nada tu mamá? Vinimos hoy a la mañana. Estábamos de viaje en San Juan con otros del Centro de Jubilados.- contesta Edgardo.

-Esto lo explica todo…- reflexiona Lisandro mientras agarra una torta frita y mira a Abril, ella le esquiva la mirada, sentía que se estaba involucrando demasiado y muy de golpe con aquél desconocido.

-¿Te trajiste de Francia a Abril, corazón?- preguntó Magdalena a Lisandro, quería saber sobre aquella chica un poco más.

-No, nos conocimos ayer en el tren que me trajo hasta acá…- y así el joven comenzó a relatar la historia que los unió desde un principio – y bueno… Parece que pegamos onda… – concluyó Lisandro.

El abuelo, tras oír la historia, lo palmeó en el hombro y le hizo un gesto sugerente, al que Abril reaccionó incómodamente y se le atragantó un pedazo de la torta frita que estaba comiendo, lo que la hizo comenzar a toser convulsivamente y sonrojarse en consecuencia.

-Gracias Abril, querida por haberlo hospedado ayer a la noche. Si no hubiese sido por vos… ¡Quién sabe dónde hubiese terminado mi nieto!- exclama Magda.

-No Señora Magdalena, no hay nada que agradecer, enserio…- Contestó Abril bastante avergonzada.

Ahora que habían encontrado a los abuelos de Lisandro, todo cambiaba, él viviría con ellos y Abril sola con su amiga. Dejaron a los abuelos por unos instantes y fueron en busca del equipaje de Lisandro al departamento de Florencia. Al llegar, se encontraron solos, la dueña de casa todavía no había llegado.

-Abril, no tengo palabras para agradecerte todo lo que hiciste por mi sin siquiera conocerme.

-No me agradezcas más, como le dije a tu abuela, no hay nada que agradecer, creo que cualquiera en mi lugar hubiese hecho lo mismo.

-No, yo no pienso eso… Y por más que no quieras te voy a estar agradecido toda la vida.

-Bueno… Gracias.- dijo ella tímidamente. Acto seguido se dirigió al cuarto a guardar las mantas que había usado el huésped la noche anterior, cuando…

-¡Abril!

-¿Qué?-grita ella desde el cuarto dejando todo en el ropero y observando a Lisandro aproximarse.

-Me preguntaba si… Si anoche cuando nos dimos ese beso vos… ¿Sentiste algo por mí?- Abril bajó la mirada y contestó tenuemente.

-Creo que sí… Pero me da miedo, siento que nos estamos apurando demasiado y no hace más de dos días que nos conocemos.

-Pero tenemos toda la vida Yo quisiera seguir viéndote. No sé, así nos conocemos más.

-Sí, a mí también me encantaría. Pero no sé, no estoy segura Lisandro…

– Bueno, está bien. No te presiono. ¿Nos vemos ésta noche?-la muchacha ríe. “’ ¿No era que no me ibas a presionar?” Piensa.

-Está bien, pero después de cenar.

-Como vos gustes. Con sólo verte, me conformo. Te paso a buscar por acá a las once, ¿querés?

-Sí, está bien para mí.

-Bueno… ¿ahora me llevás a lo de mis abuelos?

-Dale, vamos. ¿Tenés todo?- preguntó Abril y cargaron las cosas de Lisandro en el auto.

-Y… Api… ¿Cómo te fue con tu nuevo amigo?- preguntó Florencia mientras ambas se encontraban preparando la cena.

-Bien, conocí a sus abuelos hoy. Estaban de viaje, por eso no los encontró anoche. Pasa que nadie le avisó de eso, porque no sabían que iba a estar llegando en estos días.-explicó Abril.

-Y… ¿qué onda? ¿A vos te gusta Lisandro, no?

-No sé, que se yo Flor… Me parece apresurar las cosas. Como le dije hoy a él… Nos acabamos de conocer.

-¿Y qué tiene? Yo que vos me apuro, porque un chico así no lo encontrás todos los días- ante éstas palabras de Flor, Abril se quedó muda por unos instantes, hasta que finalmente pudo hablar.

-Anoche me besó…-su amiga suspendió de inmediato lo que estaba haciendo y prestó total atención a su amiga.

-¡Te besó! ¡Me muero! ¿Y qué sentiste?

-¡Que no sentí! Te juro que jamás había sentido algo así, fue como si lo conociera de toda la vida, como si en alguna parte de mí, esperaba ese beso desde hace tiempo.

-¡Estás enamorada corazón!-dijo Flor, que veía el brillo en los ojos de su amiga mientras le relataba las sensaciones.

Ambas siguieron hablando por un largo rato y mientras cenaban, por su parte Lisandro se encontraba haciendo lo mismo con sus abuelos, miraba insistentemente el reloj, esperando que llegue la hora de encontrarse con Abril.

Cerca de las diez y media, en la casa del joven se terminó de comer, así que se abrigó y salió a la fría noche, no disponía de auto, así que fue a buscar a Abril caminando, sintió que sería un abuso de hospitalidad tomar prestado el auto de sus abuelos.

Tardo cerca de veinte minutos en llegar, para su suerte, Abril ya estaba lista y bajó de inmediato al escuchar el timbre sonar.

Caminaron varias cuadras hasta que llegaron a un bar en el cual divisaron una mesa libre donde se sentaron y se dispusieron a hablar.

Por suerte el lugar estaba tranquilo y poco transitado todavía, por ser temprano. La música era agradable y podían disfrutar de la buena compañía mientras tomaban algún que otro trago.

Ésta fue una noche en la que hablaron de todo, desde anécdotas de sus infancias, hasta la historia de cada uno de los tatuajes que llevaban.

Pasado largo rato, el lugar comenzó a llenarse de gente y la música sonaba cada vez más fuerte.

-¿Bailamos un rato?- dice Lisandro extendiéndole la mano a la joven mientras se ponía de pie, ella lo mira con una enorme sonrisa y lo sigue hacia la otra punta del lugar, en un extremo de la pista donde no estaba tan abarrotado de gente, podían todavía moverse con facilidad y seguir disfrutando de la noche, ya eran cerca de las tres y media de la madrugada.

“Tan cerca de ti, tan cerca sin poder resistir…”

Decía alguna de las frases de la canción que estaban bailando. En ese momento ambos se sintieron arrastrados por una fuerza mucho más que sobrenatural, Lisandro la miró a los ojos, mientras ella lo miró fijamente a los labios y se le acercó instintivamente hasta atraer el cuerpo de él hacia el de ella, él hizo solo un pequeño pero certero movimiento para besarla, y así se quedaron por unos minutos, inmóviles en la pista, besándose mientras parecía que el tiempo no pasaba para ellos, sus abrazos, sus caricias, sus besos.

Ambos se divirtieron mucho esa noche, sin lugar a dudas, aquellos estaban siendo los mejores días de sus vidas, lejos.

Lisandro acompañó a Abril hasta el departamento de Florencia, ya estaba amaneciendo, el cielo estaba hermosamente teñido de violetas y rosas. Se quedaron parados unos instantes en la puerta, antes de que ella subiera.

-¿Y?- dice él.

-¿Y qué?

-¿Lo estás logrando? Digo… Finalmente, alguien te trajo a casa.-dice él en referencia al escrito que le había leído la primera vez que se vieron. Ella quedó sorprendida, se estaba dando cuenta de muchas cosas, en tan poco tiempo, que se sentía atemorizada,

-Así parece… ¿No?- y quedaron parados nuevamente en silencio.

-Vos no querés que yo me vaya- desafía él.

-¿Y cómo podés estar tan seguro?-lo retruca ella, asustada por el extraño sentimiento de que Lisandro le estaba leyendo la mente.

-Porque yo tampoco me quiero ir y estamos parados acá hace más de un cuarto de hora sin hacer mucho…

-Pero no podés quedarte.

-No, ya sé. Aunque no quiera… Me voy.

-Llamame mañana, por favor. Si es que no te aparece una novia por ahí. Todo esto es demasiado perfecto como para ser cierto. Avisame cuando me tenga que despertar.

-No te tenés que despertar. Estás viviendo una realidad. No va a aparecer ninguna novia. Y sí, te voy a llamar. Por más que no lo hubieses pedido, hubiese llamado igual también. No me conocés obstinado todavía.- le contesta él. Ella lo abraza. Él le da un beso en los labios y se va. Ella lo observa hasta que dobla la esquina y luego ingresa al edificio.

Se sentía estúpida, verlo irse le provocó una inmensa angustia y subió al ascensor lagrimeando, pensaba en muchas cosas, estos días estaban siendo el paraíso para ella, pero en una semana estaría partiendo a Nueva Zelanda, algo con lo que había soñado los últimos tres años y realmente quería, aunque ahora, con la llegada de Lisandro, se replanteaba.

-¡Api, buenos días! Sé que no dormiste mucho y que anoche llegaste muy tarde. Pero le prometí a mi mamá que íbamos a ir a comer con ella hoy al mediodía- dice Flor sentada al lado de su amiga con el termo en la mano y ofreciéndole un mate mientras ésta se despabilaba.

-¿Qué hora es?- dijo con los ojos cerrados todavía y una voz de ultratumba.

-Las once y cuarto. No me mates. No me quedaba otra…

-No te hagas drama Flor, duermo a la tarde, vamos a lo de tu mamá ahora- dice Abril incorporándose finalmente.

-¿Y? ¡Contame! ¿Cómo te fue anoche?- y éste fue el pie para que Abril le contara con detalles, la noche que había pasado con Lisandro.

Luego de desayunar se cambiaron y Flor condujo su automóvil camino a la casa de su mamá. Al ingresar al inmueble, Abril recordó todas aquellas tardes que había pasado ahí con Flor, trepada del árbol que se encontraba en el patio trasero y armando tortas de barro en invierno, a pesar de ser oriunda de Rosario, se había mudado a la corta edad de ocho años a la capital bonaerense por el trabajo de su papá, pero en ningún momento dejó de contactarse con Flor, que era lo único realmente importante que le quedaba en Santa Fe.

-¡Mónica! ¿Cómo estás?- fue lo primero que dijo Abril cuando vio a la mamá de Flor y la abrazó firmemente, hacía meses que no la veía. Mónica en la vida de Abril, tenía la importancia de una segunda madre.

De inmediato las tres ingresaron a la casa y se unieron al resto de la familia, José y Bautista, papá y hermano de Flor. Pasaron una agradable tarde entre charlas, recuerdos, anécdotas y sugerencias que le hacían a Abril por su viaje a Nueva Zelanda.

Cerca de las tres de la tarde, Abril recibe un mensaje de texto de Lisandro: “Buen día hermosa. ¿Todo bien?”, decía el mismo. Claro, él acababa de despertarse, la muchacha sonrió ante la lectura y procedió a contestarle, en este ir y venir de mensajes, quedaron en verse aquella misma tarde, una vez que llegase al departamento de dejar la casa de Mónica.

-Abu…. ¿Vas a usar el auto hoy a la tarde?- dice Lisandro mientras ayuda a su abuelo a cortar las malezas del parque delantero.

-No querido, ¿querés usarlo?

-Si me lo querés prestar…

-Con una condición: que lleves a pasear a esa chica tan dulce que nos presentaste ayer.- Lisandro ríe.

-Para eso era abuelo… Es hermosa ¿viste?

-No sólo eso, se nota que es muy buena persona, que tiene muy buen corazón. Que sus intenciones son nobles.

-Es una dulce abuelo, no sé qué es esto, pero me tiene todo el día pensando en ella.

– Te enamoraste Lis…- dice el abuelo, lo que es suficiente para que Lisandro comience a comprender la magnitud de lo que sentía por la joven Abril.

Lisandro no supo qué contestar o qué decir ante las últimas tres palabras del abuelo, así que terminó de ayudarlo con los quehaceres, se dio un baño y emprendió el camino hacia el departamento.

Al llegar al mismo, se encontró con que las amigas estaban sentadas en la puerta del edificio tomando un café que habían comprado en el local de enfrente. Cuando vieron que Lisandro llegaba, se pusieron de pie de inmediato. El joven bajó del auto y procedió a saludarlas.

-Hola chicas… ¿Cómo andan?- dijo dándole un beso en la mejilla a cada una.

-Todo bien. Con una propuesta para vos- lo intimidó Flor.

-Soy todo oídos- expresó entusiasmado.

-Salida de a cuatro- intervino Abril.

-Pero… somos tres- observó Lisandro.

-Mi novio está por llegar. ¿No te molesta, no? SI no vos salís con Api por un lado y yo con Nacho por el otro. No hay drama.- se atajó Flor.

-No, para nada. Salgamos todos juntos, va a estar divertido supongo.- dijo Lisandro y se detuvo en la mirada de Abril.

-Bárbaro- dijo Flor- entonces vamos. Trabaja acá en frente.- señala la tienda donde habían comprado café- se estaba terminando de cambiar. Su turno ya terminó.

Los tres cruzaron la calle para encontrarse con Nacho, que ya estaba en la puerta del local. Era bastante alto y menudo, su pelo era del color del trigo y sus ojos celestes, era apuesto, pero su costumbre de escupir en todo momento, que Flor se empeñaba tanto en quitarle, lo opacaba bastante.

-Mi amor.- le dijo Flor y se le arrojó a sus brazos, besándolo- él es Lisandro.

-Un gusto che- dice Nacho y Lisandro le tiende la mano para saludarlo.

El grupo decidió a dónde ir, subieron al auto e iniciaron el camino hacia un bar que estaba en las afueras de la ciudad, se encontraban viajando en el auto, Lisandro junto con Abril como copiloto y Nacho y Flor en el asiento trasero. De vez en cuando, Abril se sentía intimidada al mirar por el espejo retrovisor y ver a su amiga besuqueándose apasionadamente con Nacho. Lisandro, al notar aquello, no podía evitar reírse.

Durante el viaje se habló poco, y al llegar, disfrutaron de la cena entre risas y las charlas que no se habían dado dentro del auto. Al finalizar la velada, los hombres sin siquiera ponerse de acuerdo, pagaron la cena de los cuatro. Era ahora el momento en el que la noche se tornaba interesante para ambas parejas.

Lisandro condujo mediante las indicaciones de Flor hasta la casa de Nacho.

-Api… Tomá la llave del departamento… Nos vemos mañana- dijo Flor a su amiga, mientras por la ventanilla le daba las llaves y le guiñaba el ojo a Lisandro. Abril se quedó sorprendida, pero feliz por el otro lado, por más que en un principio se rehusó.

-No Floren, te esperamos acá si querés… Está peligroso como para que vuelvas sola.

-No vuelvo sola, me quedo con Nacho y vuelvo mañana cuando él entre a trabajar.

-¿Segura?- planteó Abril.

-Sí Api…- Flor se estaba cansando de tantas vueltas que daba su amiga. Parecía que había que ponerle un cartel con luces de neón en frente con la palabra “Oportunidad”, para que se diera cuenta de lo que su amiga quería lograr. – vayan tranquilos. Mandame un mensaje cuando lleguen.

-Quedate tranqui vos, que yo le hago acordar que te mande algo cuando lleguemos- intervino Lisandro.

-Bueno, ¡Nos vemos chicos!- terminó Flor y se unió a Nacho, que ya había saludado a todos y se encontraba esperando por su chica en la puerta de su edificio.

-Y por segunda vez consecutiva… Te llevo a tu casa.- Dice Lisandro una vez que ya habían emprendido camino al departamento.

-Ajam… Te transformaste en mi acompañante oficial- bromea Abril.

-Así parece… ¿En qué fecha te ibas a Nueva Zelanda?

-El 18 de éste mes

-Wow, no falta nada.- reflexiona Lisandro.

-No, la verdad que no… – dice Abril y se queda pensativa… “¿Por qué saca éste tema justo ahora?”.

-Llegamos señorita…- dice Lisandro estacionando frente al edificio. Pero Abril no habría la puerta, no bajaba, no se despedía, sino que jugaba con las llaves entre sus manos y miraba su regazo. Él la observaba con un brazo apoyado en el volante; “por favor, pedime que me quede”, pensaba.

-¿Querés pasar?

-Sí, pensé que no me lo ibas a pedir. Vamos, muero de ganas.- contestó Lisandro y Abril bajó callada pero sonriente del auto.

Una vez en el departamento…

-¿Querés un café?

-No, Abril, vení, sentate acá conmigo…-desde la mesa la llamaba Lisandro, ella fue- te noto triste.

-No, nada que ver…-lo esquiva ella, pero no podía mentirle mirándolo tan fijamente a los ojos- Es que…

-¿Qué?

-Ahora que te conocí tengo cero ganas de irme al exterior y no sé por qué me pasa esto. O sea… hace tres años, eso es lo que más quiero, y ahora… todas mis prioridades se desordenaron…

-Y cuando me voy sentís un vacío que no podés llenar con nada y no se compara con cosas que hayas sentido antes, me pensás todo el tiempo y no podés entender cómo, en menos de una semana, un completo desconocido, puede llegar a ser tanto- ella se quedó mirándolo atónita, él tomó un respiro y terminó- Sí, yo te entiendo. Me pasa exactamente lo mismo y estoy realmente agradecida por haberte encontrado en ese tren.- Ella no pudo contestarle nada, se sintió impulsada a abrazarlo.

-Te quiero Lisandro… y mucho.- dijo ella, sin arriesgar un “te amo” que en éste momento sentía muy obvio.

-Yo también Abril, es más… creo que- ella lo interrumpe con su dedo índice sobre los labios de él.

-No digas más nada. Quiero estar con vos-le expresó y lo besó tiernamente. Ambos querían lo mismo y se siguieron entendiendo, como lo hicieron desde el primer momento.

Esas soledades que ambos llevaban como un gran peso sobre sus espaldas, esa noche se alivianaron hasta desaparecer. Afuera, la noche estaba fría y silenciosa, pero dentro de la habitación, Lisandro y Abril se amaban a gritos, como si fuera esa la única y última vez que estarían juntos. No se cansaron de amarse durante algunas horas, hasta quedar embriagados de aquél elíxir y caer rendidos ante el cansancio, con la respiración y los latidos agitados, cómplices, felices, incondicionales, completos de sus hermosas e irradiantes esencias.

Abril durmió plácidamente toda la noche en el brazo de Lisandro, hasta que los despertó el teléfono cerca de la una de la tarde; Florencia estaba adelantando su llegada porque a Nacho le habían cambiado el turno.

Lisandro y Abril tomaron unos mates mientras esperaban la llegada de Florencia al departamento. Los dos tenían esa mirada cómplice de la noche anterior y el amor que era mutuo e innegable dados los hechos.

-¡Buenos días!-dijo Flor ingresando a su casa- Miren, traje unas medialunas para que tomemos unos mates.

-Uy Flor, te agradezco, pero yo me voy a tener que ir yendo. Sino mis abuelos me van a matar

-¡Ufah Lisandro! Bueno… te perdono sólo por ser vos.- histeriqueó Flor.

-¿Ya te vas corazón?-le dijo Abril.

-Sí, tengo que devolver el auto. Aprovechá para salir con tu amiga un rato… Si querés a la noche nos vemos.- dijo Lisandro ante la pregunta de Abril.-se pausó y luego se dirigió a su amiga- Flor, calentá el agua que yo lo acompaño al auto y vuelvo, ¿sí?

-Vaya tranquila nomás…- asintió Flor sonriente. Suficiente para que Abril bajara con Lisandro hasta el coche. Se quedaron parados en el umbral del edificio, como ya lo habían hecho la noche anterior, Lisandro se encontraba acariciándole el pelo y mirándola fijamente a los ojos, pensativo.

-¿Qué somos hermosa?-ella lo observó contrariada.

-Un par en un millón.

-¿Un par de qué?

-De enamorados que no tienen ni idea de lo que va a venir. Dos desconocidos que encajan perfecta y envidiablemente bien en la vida del otro.

-Bueno, al menos algo somos. Pensé que tu calificativo iba a ser más simple…- concluyó Lisandro expectante.

-A veces las palabras simples, resultan ser las más complicadas, corazón. Pero dale, pedímelo de una vez, muero por oírlo.

-¿Qué cosa?-preguntó él. Ella no le contestó y lo observó de modo expectante- Bueno, está bien, a mí me encantaría que seas mi novia.

-Eso era exactamente lo que esperaba. Entonces, soy tu novia- dijo ella y lo abrazó plena de felicidad.

-¡Ves cómo sos! Siempre inventás una forma de lograr que no me quiera ir.

-Y vos… Que yo no quiera dejarte ir. Pero, seamos razonables, corazón. Andá con tus abuelos ahora, devolvé el auto y nos vemos a la noche, ¿sí?

-Sí, va a ser mejor. ¿Me das un beso de despedida?

-Los que quieras- le contestó ella y lo besó tiernamente, siguiendo abrazada a él, desde un escalón por encima del que se encontraba él.

-Bueno mi amor, nos vemos a la noche entonces.

-Sí, chau corazón. Que te vaya bien.- dijo ella y una vez que Lisandro subió al auto, le gritó bromeando- ¡No me extrañes!

Él no le contestó, la miró tiernamente y ella intuyó que iban a hacer lo posible para no extrañarse.

Finalmente la joven subió al departamento nuevamente y tomó unos mates con su amiga, mientras ambas se contaban cómo la habían pasado la noche anterior con sus parejas.

Cerca de las cinco de la tarde las chicas decidieron comprar algunos víveres para la cena, así que, mientras Flor preparaba los ingredientes que tenían, Abril se ofreció a comprar el resto, prefería ayudar de ese modo, ya que la cocina no era su fuerte.

Abril dobló la esquina del departamento, caminó unas cuadras, cruzó la calle e ingresó al mercado que había por allí cerca. Ésa era su última noche en Santa Fe, al día siguiente regresaba para Buenos Aires para dejar todo listo para el viaje a Nueva Zelanda.

Se paseó por las góndolas por unos instantes hasta que decidió qué cosas comprar y se dirigió a las cajas para abonar la mercadería. En esos instantes, le suena el celular: Lisandro la estaba llamando.

Salió del local y seguía hablando por teléfono todavía, con las bolsas y la cartera en una mano.

En la calle había más movimiento del habitual.

-¡Señorita! ¡Córrase de ahí!-le gritó un señor que se encontraba a mitad de cuadra. Abril no supo cómo reaccionar ya que iba distraída. Frente a ella había un hombre con el demonio en los ojos, apuntándole con un arma. Ella se asustó y las bolsas, la cartera y el celular, cayeron al piso. Lisandro escuchaba todo, salió corriendo de inmediato a socorrerla.

De repente todo estaba volviéndose muy confuso, Abril estaba siendo rehén en un asalto a mano armada y totalmente fuera de control, con malhechores drogados. Sirenas de policías, muchas luces, pánico, cámaras de televisión y periodistas exaltados. A los trajeados las cosas se le estaban yendo de las manos, resolvieron disparar a la nada para asustar a los malvivientes y lograr que soltaran a los rehenes, fue una decisión muy poco acertada y demasiado arriesgada, el disparo dio en la pierna del rehén que estaba al lado de Abril, que se desplomó en el suelo con la bala en la pierna y uno de los ladrones abrió fuego también, decidiendo poner fin a la vida de uno de los rehenes que tenían cautivos. Realmente no tenía idea de lo que hacía, hasta que le disparó a Abril en el estómago y ésta comenzó a sentir que perdía el control de los movimientos de su cuerpo y cae al piso, desangrándose.

Los ladrones se asustaron e intentaron salir corriendo, por suerte la policía los capturó, pero todo el movimiento innecesario que había alrededor de Abril, entorpecían la llegada de la unidad de atención médica. Finalmente lograron inmovilizarla y subirla al vehículo. Pero ella estaba ya lejos de ese lugar, observándose desde una nube, viendo el caos sin poder intervenir, comenzó a llorar cuando vio que su cuerpo no respondía y los médicos no podían hacer nada para salvarla. En ese mismo instante y repentinamente, se largó a llover.

Aún bajo la lluvia, Lisandro corrió intensamente hasta llegar al lugar, pero no encontró más que policías, curiosos y manchas de sangre por la vereda. Lo que hizo que se asustara más aún. Preguntó a un policía a dónde habían llevado a los heridos y le indicó un hospital que se encontraba a quince cuadras de allí. No podía correr más. Así que le tocó el timbre a Flor y la apuró para que lo acompañara mientras le contaba lo que suponía en el camino.

-Buenas tardes, ¿En qué puedo ayudarlos?- dijo la recepcionista del Hospital.

-Estamos buscando a Abril Leguizamón, ¿puede ser que se encuentre siendo atendida acá? La tomaron de rehén en un asalto y los policías nos nombraron éste hospital.- dijo Florencia tratando de serenarse. Lisandro no podía hablara y en su mente retumbaban los gritos de susto y desesperación que había escuchado por teléfono de Abril.

-Sí señorita, ingresaron dos pacientes con herida de bala, se encuentran brindándole los auxilios al muchacho en la guardia y a la chica, la están interviniendo en quirófano.

-¿Quirófano? ¿Podemos ir ahí?- dijo Flor asustada.

-Suban al segundo piso, la gente de recepción de ahí los va a asesorar mejor. Acá no me figura nadie ingresado de ese nombre. Generalmente cuando son urgencias de éste tipo, se acostumbra a tomar los datos luego.

– Gracias.- terminó Flor y le pidió a Lisandro que la acompañe al segundo piso. Ambos rogaban que todo sea una confusión y que la chica internada no sea Abril. Pero al subir al quirófano se encontraban sus puertas abiertas y tres doctores lidiando con una joven cuyo cabello largo y lacio, colgaba de la camilla.

Lisandro quedó paralizado y Florencia entró en pánico. No había nadie en recepción para atenderlos y los médicos al notar su presencia, les cerraron la puerta.

-No, por favor, no me cierren la puerta en la cara. Esa es mi amiga. ¡Mi amiga!- trataba de gritar Flor, muy acongojada y fuera de sí. Lisandro la sostenía y la abrazaba en silencio, mientras las lágrimas rodaban por su rostro.

Luego de cinco minutos salió un doctor de aquella sala y se dirigió a los jóvenes.

-Por favor señorita. Trate de calmarse, hay gente en proceso de recuperación en los corredores contiguos.

-¿Cómo quiere que me calme si mi amiga está ahí adentro y no sabemos qué pasa y acá nadie nos dice nada?

-¿Quién es su amiga?

-Abril Leguizamón, Doctor.

-Sí, es la paciente que estuvimos atendiendo.

-¿Qué tiene Doctor? ¿Va a estar bien?- rompió su silencio Lisandro por primera vez.

-Siéntense chicos, porque lo que tengo que decirles, no es nada agradable… Antes que nada, quiero que sepan que hicimos todo lo posible para salvarla, pero llegó con una pérdida de sangre muy importante que no podíamos frenar con nada- en ese instante, Flor rompe en un llanto acongojado lleno de tristeza- La Señorita Leguizamón falleció.

-¡No, no puede ser! ¡Teníamos una cena ahora! ¡Salía con su novio después! ¡No nos pude dejar justo ahora! ¡Ahora no! Su viaje… Sus sueños, todo. ¡Todo queda en la nada!- se lamentaba Florencia mientras Lisandro se mantenía en silencio.

-¿Podemos verla Doctor?-preguntó el joven con la mirada perdida.

-No les recomiendo que entren ahora. Esperen que terminemos el procedimiento y los llamamos.

Aquellos treinta minutos fueron los más largos y tediosos de sus vidas.

-Ahora sí, pueden ingresar.- dijo finalmente el Doctor.

Al momento de ingresar, todavía guardaban la esperanza de que despierte y les diga; “¿Por qué esas caras?” y prendiera un cigarrillo. Pero eso no ocurrió. Estaba muy pálida, más que de costumbre, con los labios semi abiertos y yaciendo boca arriba, los ojos cerrados, parecía dormida. Tenía el pelo algo revuelto y bajo la sábana blanca estaba sólo en ropa interior. La ropa que había llevado puesta estaba cubierta de sangre y bastante desgarrada.

Ninguno de los dos al verla, pudieron decir nada. Aquél momento fue privado. Sagrado. Flor le acomodó el pelo y no paraba de acariciarle el rostro. Lisandro sostenía una de sus manos en las de él, queriendo calentarlas. De todos modos, hicieran lo que hicieran, nada la iba a traer de regreso. Ella los observaba tratando de calentarla y mimarla, “Chicos, ¡estoy bien! Ya no siento más frío ni dolor”, les repetía una y otra vez, pero no podían escucharla.

-Chicos, disculpen. Tienen que salir, tenemos que trasladarla y notificar al resto de sus familiares.- ingresó el Doctor pasada la media hora de que Flor y Lisandro estuvieron despidiéndose.

Una semana había pasado de la trágica muerte de Abril, una semana fue también el tiempo que le llevó a sus padres, con abogados de por medio, trasladar su cuerpo hasta Buenos Aires para poder velarla. Maldita burocracia y la desesperación de dos padres y toda una familia que no podían despedirla como merecía.

Se despidieron de Abril el 18 de julio, exactamente el mismo día en que viajaría a Nueva Zelanda. Sus familiares preferían pensar que había tomado el avión equivocado. Florencia viajó a Buenos Aires con su familia y Lisandro, todo el mundo estaba destrozado.

Al verla ahí, dentro del cajón, aguantando. Lisandro le dejó un papel al costado de las caderas y se marchó, no podía soportarlo más.

“Abril, mi vida… Todo pasó tan rápido… Todavía tengo nítida tu última imagen, tus últimas palabras para conmigo: “No me extrañes. Chau corazón, que te vaya bien”, tu mirada, y mis ganas de no despegarme de tu lado y las tuyas de que no me fuera.

Y ahora me pongo a pensar en la gran distancia que hay entre vos y yo. Mi espíritu ya no puede soportar el dolor, esto es una carta de despedida para tu cuerpo, no para tu recuerdo, que siempre va a ser huella presente en mí ser. Conocerte fue lo mejor que me pasó, ese viaje, ese asiento vacío y nuestras soledades, me llevaron hacia vos.

Sé que no hay nada que pueda decir o hacer ahora, y me doy cuenta de lo temporarios que son ésta carne y huesos, pero lo injusta que fue tu partida, con todo lo que tenías para hacer: Nueva Zelanda y una vida de felicidad conmigo. No te voy a mentir, estoy destrozado y te juro que voy a hacer todo lo posible para que se haga justicia, a pesar de que eso no te traiga de nuevo hacia mí.

Y cada vez que te caíste, cada vez que nos comprometimos, cada vez que intentaste, cada sueño tonto, cada palabra que me dijiste, todo lo que me dejaste, cada vez que me amaste, siempre van a estar conmigo.

Desde allá arriba debes de ver el mundo tan grande… ¡Cómo me encantaría decirte: “Quedate, no te vayas, el cielo puede esperar por otro ángel todavía”!, o volver el tiempo a aquella tarde en la que nos vimos por última vez.

Te voy a decir lo que no me dejaste decirte, por más que ya lo sepas: TE AMO.

No voy a hacer esto más largo. Siempre te voy a llevar conmigo.

¡Qué injusta es la vida! Qué poco tiempo que me dejó tenerte…

Buenas noches corazón, que te vaya bien.

¡Te voy a extrañar mucho!

Lisandro”.

Texto escrito en 2011.

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